lunes, octubre 29, 2012

Monterrey, cosas que llevo en la maleta



La cosa está que arde, dice el taxista que nos lleva, amabilísimo, del aeropuerto al hotel, en el corazón del Parque Fundidora. Pero se apresura a aclarar que el panorama ha mejorado, aunque por las dudas es mejor no salir tarde, o salir a contados lugares..


 Por Giovanna Rivero

 No siento ni pizca de miedo. Es la segunda vez que visito México y mi fascinación y cariño incondicional por ese país solo pueden ir en aumento. La noche es clara y se derrama en luces, como si el horror jamás hubiera tocado esa región norteña. Lo primero que veo al llegar al hotel es la figura delgada de Daniela Tarazona, fumando un cigarrillo en el sereno. Me abraza. La mirada honda, perturbadora, parece ser la que escribe sus libros. La mirada y no sus manos o el teclado o el cerebro. Qué chido, pienso en mexicano, que haya alguien esperándome sin querer, pero queriendo. El XVII Encuentro Internacional de Escritores organizado por Conarte en el marco de la FIL pronto resulta ser uno de los encuentros literarios más interesantes a los que haya asistido. La mezcla atómica de poetas, narradores y cronistas no solo enriquece el menú artístico, sino que ‘equaliza’ de la mejor manera posible los egos. Porque es cierto, el ego del narrador, con su previsible agenda de preocupaciones, puede ser en ocasiones tan evidente que causa hastío o ternura; mientras que el ego del poeta –según lo que ellos mismos reconocían- es más denso, más pantanoso. Pero no estamos acá para diagnósticos freudianos, y de inmediato nos olvidamos de ese íntimo fantasma y vamos tejiendo, palabra a palabra, amistades que se pintan entrañables. La primera mañana, el poeta Xavier Oquendo y yo nos reconocemos siguiendo las pistas que a cada uno nos ha dejado Gabriel Chávez Casazola. Es decir, venimos a nuestro encuentro amparados por el vértice de esa otra amistad. Xavier me dice que quizás nos conocemos desde siempre. Y yo estoy cuánticamente de acuerdo. Entonces me cuenta que un día no pudo resistir a la tentación de escribir una novela para chicos. (A mí me parece legítimo que los poetas caigan en la tentación de la narrativa, pero se me activa la glándula del pánico de imaginar una transgresión a la inversa. Son pocos los narradores que también bailan con dignidad y alcurnia el tango de la poesía). Le pido a Xavier que me cuente el desenlace de su novela, temo que el libro jamás llegue a mis manos y por lo menos puedo llevarme en la memoria el relato para contárselo a mi hija. Ella espera ansiosa las cosas que yo le traigo de los viajes. Sobre todo los relatos, las aventuras. Xavier cuenta, entonces, que el niño que se creía extraterrestre se sabe reconocido por su amigo, porque los extraterrestres se reconocen entre sí. Ese reconocimiento desarrolla una dimensión astral distinta, superpuesta al cotidiano, a lo evidente. Y yo, claro, estoy ampliamente de acuerdo. Cómo no. En la noche, cuando ha transcurrido el tiempo suficiente para que con el poeta dominicano Frank Báez nos contemos ediciones kafkianas de nuestras vidas, salimos a una cantina. “Quizás la única cantina segura de Monterrey”, dice alguien. Nos hace de guía nocturno el poeta caraqueño Nérvinson Machado. Avanzada ya la confianza, nos detalla la intrincada etimología de su nombre y todos reímos un poco de la creatividad latinoamericana. En la cantina nos dicen que si tequila o mezcal, y que en ambos casos con sal de gusano y limón. En la pared colonial hay un espejo que me recuerda a Aura, la de Fuentes. También hay una fuente en el patio. Y la luna alta, bombilla inagotable. Me parece una leyenda, puro rumor, chismes viciosos del turismo gótico, que en esa región tan transparente se estén mordiendo el alma los unos a los otros. Qué país tan hermoso y tan macabro. Tan familiar y huraño. Las mesas de lecturas también son intensas. Todo allí lo es. Las cosas no pueden suceder impunemente, aisladas en bolsas de vacío. Los cuentos son los primeros que comienzan a mancharse de esa violencia descomunal, líquida, que ocurre, que ahora mismo está ocurriendo en alguna parte. En muchos casos aplaudimos azorados, por hacer algo con las manos, cuando en realidad quisiéramos aullar. Se festeja el dolor en los poemas, la sangre en los cuentos, la incontinencia de la realidad mojando el papel. Nos duelen nuestros países, nos duele la madre, la infancia, la juventud, el sexo, la distancia, la extranjería, la soledad, la ciudad inmensa, la política. Hay una sensibilidad renovada, porosa, casi dispuesta a la utopía en los escritores que, por azar, destino u omisión, estamos allí reunidos. El último día navegamos hasta el banco para cambiar nuestros jugosos cheques. En serio. Lo de jugosos y lo del barco. Avanzamos por el río, que no suena, aunque piedras traiga. Pero volvemos en taxi. Todos los taxistas nos engañan. Estamos listos y dispuestos a que nos engañen. Es un pacto loco, un ritual, un sacrificio, la provisoria ciudadanía del que por lo menos por cuatro días quiere ser mexicano. Pero ni siquiera los tácitos delitos consiguen oscurecer la tarde. Igual, estoy protegida de cosas peores por el anillo en 3D de la Virgen de Guadalupe que me he comprado en un ‘changarro’. De vuelta al aeropuerto, el taxista, un señor muy charlatán, me pregunta que si soy corista de Lucero, que tengo cara de corista de Lucero (y eso que no ha escuchado mi verdadera voz), que la noche previa ha dado un concierto con Joan Sebastian en el coliseo Arena. Supongo que es un elogio y lo guardo en mi maleta. Además, pensándolo bien, escribir es un oficio de corista. Es bueno ser corista. Entre otros descubrimientos, me llevo la voz aguardentosa de la magnífica Patricia Laurent Kullick, leyendo un capítulo de su próxima novela, sobre una suicida madre multípara que “como todos los suicidas sentía un gran amor por la vida”. Me llevo la impresión de que Gioconda Belli no es solo una escritora muy querida, muy bella, sino también una estrella de cine italiano capaz de escuchar con sincera atención los guiones delirantes de escritores que comienzan. Otra vez, como siempre, al hacer migración en USA miran con lupa las costuras de mi pasaporte y me hacen preguntas, que si traigo tabaco y licor o más de diez mil dólares. Nadie pregunta lo que de verdad traigo. Yo misma no termino de saberlo.

Fuente de la informacion : Suplemento Cultural Brújula/El Deber,Santa Cruz de la sierra
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