martes, junio 17, 2008

Las calles del tiempo: la vida un cuento, un cuento que da vida






Por María Belén Mendívil Saucedo


Enrique Kempff Mercado nació en Santa Cruz, Bolivia, el año 1920. Este narrador y poeta es el miembro más antiguo de la Academia Boliviana de la Lengua, institución que trabaja para fomentar las actividades literarias y difundir las capacidades intelectuales de sus miembros; además, cuida, cultiva e intenta perfeccionar el idioma español. Kempff Mercado ha sido el primer Decano Académico en ser homenajeado por su larga membresía. El trabajo que lo hizo ingresar en la Corporación fue un estudio sobre Gabriel René Moreno del Rivero.

Respecto a su obra, desarrolló la narrativa, género que, según Kempff, le permitió ‘expresarse’. Él ha recalcado que, aunque sus temáticas siempre han sido universales, han estado encarnadas en su natal Santa Cruz de la Sierra. Sus textos, en cierto modo, son testigos de los cambios y las añoranzas de la Santa Cruz de antaño.


Las calles del tiempo es una creación narrativa impregnada de imaginación, anhelos, amores, frustraciones, sueños e ilusiones de todo un pueblo, develando las transformaciones en los procesos de crecimiento y expansión de Santa Cruz. A los personajes se les da un profundo realismo en el desarrollo de sus argumentos, caracterizándose por la brevedad y claridad; es inadmisible no resaltar la calidad excepcional en el manejo del lenguaje. Como resultado, tenemos un volumen carente de cualidades monótonas; al contrario, satisface, complace y divierte -debido la virtud humorística que posee y emplea el autor en sus relatos- al lector.


En resumen, el propósito de la obra es mantener viva la identidad e historia de un pueblo que pierde su esencia con el transcurrir de los tiempos. No pretende negar ni satanizar la modernización y cambios producidos en determinados lugares (hoy, grandes ciudades), sino ilustrar a las nuevas generaciones sobre las hazañas, mitos, aventuras y emprendimientos que en algún momento del pasado se realizaron. Con ese fin, el narrador inventa una serie de personajes que no fastidian nunca al lector.


Miguel Solares -protagonista, hombre medianamente adinerado–, frustrado, ideaba formas de asesinar a su esposa, Marta, quien tenía ciertas sospechas de lo que se tramaba en su contra. La pareja tiene un hijo, Javier, quien llega a cumplir el anhelado sueño americano: se casa con una ciudadana estadounidense y tienen hijos; trabajan día y noche con el objetivo de satisfacer las ambiciones materiales, propio de los países consumistas; poseen autos último modelo; sacian el deseo de comer comidas precalentadas; finalmente, en los momentos libres, la televisión se convierte en su compañero fiel y leal.


Ernesto Osorio - abogado astuto, experto en artimañas legales, trampas y matufias – es el asesor y conocido (ya que el calificativo de amigo no sería el más atribuible a este individuo) de Miguel Solares. A pesar de las preferencias amorosas con jóvenes del sexo masculino, estaba casado y tenía dos descendientes. El hijo varón, Mario, un badulaque sin compostura, fue obligado a trabajar en un cargo público obtenido gracias a las influencias del padre. A su vez, María, la hija -gorda y poco agraciada- sorprendió al no ser encontrada en su habitación después de una fiesta carnavalera celebrada en su casa. La susodicha había huido en compañía de un muchacho con identidad desconocida y rumbo a tierras ignotas.


Martín Solares -hermano menor de Miguel, aunque físicamente aparentaba ser el mayor- era un hombre solitario, se burlaba de su soledad, siendo él quien la buscaba; buen lector; había pasado el mayor tiempo de su vida solo. El tedio de vida que llevaba cambia repentinamente cuando Rosa Pérez –dueña de una tienda de abarrotes (pulpería)- le dirige la palabra al verlo pasar por su tienda.
Juana Ayala, muchacha de origen chiquitano y eminentes virtudes estéticas, es conquistada por un transportista que andaba de paso por la legendaria Chiquitania, quien se la lleva a vivir a la ciudad; luego de hacerlo, éste abandona a la muchacha al recibir la noticia de que sería padre. Juana, después de quedar sola y desamparada en la enorme ciudad, logra conseguir trabajo en las inmediaciones de la familia Solares, quienes le brindan cariño y apoyo.


El padre Simón -cura carente de vocación sacerdotal- ejerce obligatoriamente el oficio. Su madre, durante una grave enfermedad, hizo la promesa de que su hijo se consagraría al sacerdocio si ella sanaba, y sanó. Al padre le encantaba andar en amoríos con féminas atractivas; más aún, con sus devotas, quienes no se negaban a las insinuaciones, debido a las virtudes físicas que poseía el párroco. En una oportunidad, trató de seducir a Marta, quien, bastante ofendida y asombrada por la acción realizada, respondió con una bofetada. El mismo día, el padre Simón fue acosado por Ernesto Osorio, quien fue rechazado, insultado y golpeado por el cura. Ernesto, al sentirse humillado y encontrándose en una posición bastante peligrosa -ya que estaba en riesgo su hombría-, utiliza sus influencias para denigrar y conseguir que el religioso sea expulsado del país.
El hombre parte de un proceso evolutivo constante, se adapta a las épocas y nuevas tendencias que impactan en la cultura. Es parte de la vida variar; de lo contrario, viviríamos enmarcados en una monotonía total. Pero esto no quiere decir que debamos olvidar a quienes pasaron por estos caminos antes que nosotros. Debemos sentir orgullo de tener un pueblo con un pasado tan significativo y único como el de Santa Cruz. Se debe valorar a aquellos que, llenos de constancia y optimismo, han impedido que se olvide lo que fue nuestra ciudad y han permitido el arribo de la verdad, nuestra verdad y realidad.
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