domingo, junio 15, 2008

Sangre de mestizos, el infortunio de Bolivia convertido en prosa






Por: María Belén Mendívil Saucedo

Sangre de mestizos es un libro de relatos compuesto por Augusto Céspedes Patzi (1903-1997), escritor, abogado, periodista, oficial de reserva de la campaña del Chaco y diplomático nacido en Cochabamba. Trabajó en el gobierno de Hernando Siles Reyes, quien fue Presidente desde 1926 hasta 1930. Porfiado luchador en la escena política, es uno de los fundadores del Movimiento Nacionalista Revolucionario. Fue diputado en 1938, 1944 y 1956; se definió como nacionalista y antiimperialista. Cumplió igualmente funciones públicas fuera del país, pues llegó a ser embajador en Paraguay (1945) e Italia (1953).

La obra estudiada está constituida por nueve relatos –inspirados en vivencias personales del autor- que discurren sobre la Guerra del Chaco (1932-1935), suceso devastador para los pueblos boliviano y paraguayo, ya que sacrificó a miles de inocentes de ambos bandos, todo para satisfacer los intereses económicos de empresas extranjeras que se aprovecharon de la ignorancia del pueblo de estos países.


La génesis del conflicto bélico no es compleja. Entre 1927 y 1928, técnicos de la compañía norteamericana Standard Oil of New Jersey descubrieron petróleo en la zona occidental del Chaco, en las estribaciones de los Andes. Comenzó a sospecharse que los yacimientos se extendían hacia el este, ya en territorio paraguayo (donde los derechos de exploración eran propiedad de la Royal Dutch Shell, empresa anglo-holandesa). Este descubrimiento de yacimientos petrolíferos alimentaba además la hipótesis paraguaya, urgida de salir de su debacle económico y su debilidad como Estado, de que el Chaco albergaría también reservas explotables. A su vez, la empresa norteamericana ubicada en Bolivia – cegada por la ambición de poseer la hegemonía de poder sobre este mineral – manipuló al país para evitar que cediera territorio rico en reservas de dicho tesoro. Detrás de los paraguayos, también, se escondía una poderosa oligarquía capitalista que, desde los bufetes y oficinas de Buenos Aires, se aprestaba a sacar castañas utilizando a los paraguayos y, a su tiempo, usar los mismos caminos trabajados por los soldados bolivianos para llegar hasta el petróleo estancado en los repliegues de las montañas de Bolivia. En este contexto es que se da inicio a la consabida lidia.

La obra pone en evidencia los errores de la política militar boliviana. Sus estrategas, siempre seguros de las decisiones que tomaban, provocaron innúmeros y rotundos fracasos. Ellos se daban la molestia de juzgar a soldados y civiles que morían por defender la región, diciendo que las batallas perdidas por éstos habían sido absurdas debido a que los batallones eran dotados con todo tipo de municiones; nada les había faltado, inclusive, siendo Bolivia un país tan rico –debido al auge minero-, podían comprar todo el armamento que se les antojase; se afirmaba que se perdió la guerra debido a la mediocridad, flojera y falta de amor a la patria por parte de las tropas bolivianas.
Pero la figura era totalmente diferente, ya que los belicosos bolivianos eran dignos de un poco de respeto y admiración. Batallaron contra un sinnúmero de obstáculos, descartando los ataques del contrincante: abatidos por la sed, y ante la carencia de agua, recurrieron a beber su propia orina –elemento que se vuelve trascendental en la vida de los guerreros, llegando a maldecir los momentos en que desperdiciaron el preciado líquido-; carecían de alimentos; debieron lidiar con miles de enfermedades provocadas por los insectos y alimañas que se desarrollaban en el lugar; el clima se convirtió en el enemigo más feroz y temido; los occidentales eran quienes sufrían con mayor intensidad este fenómeno climatológico, ya que éstos provienen de una región de clima frío. Además, la ignorancia que reinaba entre los combatientes bolivianos, con respecto al territorio en el que se desplazaban, fue un elemento mortal que tenían en contra.

«El pozo»* muestra la inutilidad de una guerra en la que todos, con increíble orgullo, morían y mataban por la patria; creó una ilusión entre los mártires; se excavó día y noche durante meses, todo por esa quimera de encontrar agua. Se vivía con más sed que odio. Los pilas –calificativo atribuido a los paraguayos–, informados sobre la astucia de los bolivianos y acosados también por la sed, decidieron asaltar el pozo. Los bolivianos se negaban a ceder en la contienda, no daban un paso atrás; en pocos términos, se lo defendió intensamente como si realmente hubiese tenido una gota de agua.
Debemos tomar en cuenta, al elegir un título literario, este tipo de obras con contenido histórico para conocer los sucesos devastadores y a los principales autores de estos hechos, pues han dejado secuelas irreversibles para la República de Bolivia. Y es que, aunque la Guerra del Chaco estuvo colmada de hechos verdaderamente vergonzosos, sirvió como generadora de una autocrítica nacional que ha sido útil en la transformación contemporánea del país.

Ya no es el momento de lamentarse y buscar culpables de los sucesos pasados; es el momento de superar estas derrotas y analizar los errores cometidos para trabajar partiendo de ellos, y lograr así construir un nuevo y mejor rumbo para la patria. Aprendamos a convertir los fracasos del pasado en éxitos para el futuro. Ser catalogado como boliviano iletrado e incapaz de superarse ha sido una moda estúpida que, penosamente, ha pegado bastante en nuestra sociedad. Es aún más humillante que las personas medianamente pensantes no originemos una nueva tendencia de rechazo a aquella brutalidad grotesca que hoy nos está avasallando. Tengamos cuidado, pues la ignorancia es una enfermedad repugnante y contagiosa.
(*) Relato traducido a varios idiomas; figura entre los 100 mejores relatos de la literatura universal y entre los veinte seleccionados por Germán Arciniegas para "The Green Continent".

1 Comments:

Blogger Henry Ríos Alborta said...

Qué bueno que se escriban párrafos como los de arriba. Felicitaciones a la autora. Sería bueno para la patria que no sean los últimos.

11:10 p.m.  

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